sábado, 5 de noviembre de 2016

Inhibida.

Sin valor, incapaz de entender mis propios sentimientos.

Paso la vida con un suficiente, evitando molestar a nadie, evitando dañar a nadie. He olvidado los sueños que me hacían luchar, la llama que siempre tenía dentro, esa que me hacía ser tan intensa, tan impredecible, tan viva.

No sé en que momento pasó, no sé cuando dejé de ser esa sonrisa andante, esa chica risueña a la que le encantaba socializarse, esa tormenta de emociones que se dejaba llevar. No sé cuando cambié, no lo sé. Pero lo hice.

Ahora vivo, pero con protectores, me he enfundado mis coderas y mi casco y no pienso hacerme más rasguños. He dejado de pasar momentos conmigo misma, he dejado de escucharme, he dejado de sentirme. Paso los días ocupando mi tiempo y mi mente en actividades banales, que no sólo me impiden ver el mundo más allá de la pantalla, si no que me impiden verme.

Lo he elegido yo, o eso creo, no quiero confundirme, pero en algún momento tomé la decisión de dejar de ser consciente de mis verdaderos pensamientos, dejar de hacerme caso, de dejar que las emociones dominaran mi vida. Y la verdad es que ya no sé lo que siento, me esfuerzo en bloquearme a mi misma, en desatenderme... Pero a veces algo enciende esa chispa, algo consigue hacer ese click en mi cabeza dejándome sola ante una avalancha de sentimientos, emociones y pensamientos que se abre paso sin tener en cuenta las víctimas, un remolino indescifrable que sólo me deja ver la parte oscura de mis sentimientos, esa parte que vive a la sombra e impide el paso a la luz, esa misma que me hace volver a cerrar la puerta.

Aparentemente vuelvo a ser yo, o algo parecido. Aparentemente vuelvo a enfrentarme libre contra el mundo. Aparentemente, porque no es así, porque cada vez que alguien o algo despierta mis emociones, vuelvo a ser quien ve su propio mundo desde el otro lado.